La Exelencia
La excelencia es un concepto bello y evocador que ha servido de guía para los líderes de todos los tiempos. Los grandes teóricos de la excelencia estuvieron en la anti¬gua Grecia. Con Pitágoras se inicia la fórmula para pro¬vocar un cambio, una transformación en las maneras de ser, en las actitudes, en los pensamientos y en los concep¬tos. La búsqueda de la excelencia daba al hombre el po¬der personal de cambiarse a sí mismo y de transformar su propia vida.
Hoy en el siglo XXI los hombres hemos redescubierto la excelencia, pero muchos otros a lo largo de la historia desistieron de él: los antiguos romanos, los primeros cristianos. Los hombres desde el nacimiento encontraron en el concepto de la excelencia la herramienta más legítima para convertir al hombre en un ser superior y poderoso, puesto que el fundamento de la excelencia son los valo¬res, los cuales han albergado una gran fuerza en el alma de la humanidad.
Apropiarse de los valores es posible a través de la auto¬disciplina, la confianza, la fe y el optimismo, por medio de una cotidiana tarea de autoconocimiento, reconocimien¬to y selección de las estrategias para triunfar. Así, el camino al éxito se abre para aquellos que se interesan legítima y genuinamente en su superación constante. El ser hu¬mano se supera día a día, hora por hora, experiencia por experiencia, minuto por minuto, instante por instante.
El camino del auto conocimiento fue señalado pri¬meramente por Sócrates. La humildad es el concepto so¬crático más básico por aprender. El conocimiento de uno mismo es parte de este concepto. “Hombre: conócete a ti mismo y conocerás el infinito” esta frase escrita sobre la piedra marmórea, rezaba en la entrada del Templo de Delfos, ha trascendido a todas las generaciones a través del método socrático. Sócrates estaba enamorado del hombre, consideraba que la criatura más magnífica crea¬da por Dios tenía dentro de sí los secretos para triunfar en la vida, los secretos para ser infinito, para alcanzar las estrellas más remotas y lejanas; tenía dentro de sí la capa¬cidad de soñar y llegar muy lejos, tanto, como su propia imaginación y disciplina le permitieran.
Para Platón, discípulo de Sócrates, el método para lle¬gar a ser grande consistía en amar lo verdadero, lo bueno y lo bello. El amor a la verdad, a la belleza y a la bondad fue el fundamento de la esencia platónica y lo que hoy llamamos amor platónico es simplemente estar enamo¬rado de todo: enamorado de la vida y de uno mismo, como ser sublime y superior, enamorado de las virtudes, ena¬morado de los valores. Los seres que aman profundamente se convierten en seres apasionados de aquello que es el objeto de su amor, los seres que aman los valores se con¬vierten, así, en valerosos.
Cuando un hombre ama lo que hace, entonces lo goza y ya no lo padece. El amor puede ser nuestro más grande objeto de amor, las personas que aman su trabajo se su¬peran, se subliman a sí mismas, convierten el trabajo en lo más maravilloso que existe para sus vidas; el trabajo visto así se convierte en una fuente permanente de enriquecimiento. El amor por la vida, el amor por el trabajo y el amor por las personas, el amor por el infinito mundo, el amor por todos los seres, por todas las criaturas fue fundamento del pensamiento y filosofía platónicos.
Cuando el hombre ama lo que hace, entonces se une en comunión perfecta con su vocación. La vocación defi¬ne al hombre como el ser excelente que sabe lo que quiere, de dónde viene y a dónde va, que se conoce a sí mismo, que sabe cómo es hoy y tiene los medios y las herramien¬tas para señalar su futuro y alcanzarlo, con sólo compro¬meterse en una constante superación humana. A todas estas ideas agregó Aristóteles el concepto máximo.
Aristóteles dedicó a su hijo Nicómaco la llamada Ética Nicomaquea. “Cuando el hombre sabe perfectamente lo que quiere —decía Aristóteles— entonces ya está listo y preparado”.
Al cultivar los valores, el hombre aprende a amarlos, los convierte en hábitos, es decir, de la excelencia conscien¬te pasa a la excelencia inconsciente. Cuando actuamos con excelencia por hábito, entonces realmente somos excelen¬tes, nos acostumbramos a ser valerosos, nos acostum¬bramos a ser excelentes, nos acostumbramos a ser de tal manera que en nuestra persona se refleja la excelencia como un espejo fiel de nuestra propia alma. Actuar con base en valores por hábitos significa estar en la convic¬ción de los seres humanos.
El amor a los valores, según Platón, convertido en há¬bito en la Ética Nicomaquea, define al hombre lógico, ético y estético. El hombre que se ha realizado en el amor a la verdad, la bondad, la belleza y la excelencia, descubre que al hacerlo es feliz. Los hombres —decía Aristóteles— cuando conocen la felicidad del ser, cuando se ven a sí mismos valiosos, no pueden ya jamás dejar de serlo, por¬que es tan grande la felicidad y la autorrealización ex¬perimentadas en ellos que, entonces, la realización del ser se transforma en la felicidad perfecta.
Una sensación de plenitud, de estar lleno, de sentirse el centro, de sentirse dueños del interior de sí mismo, de sentirse en el corazón de la certeza universal, desde su centro, invade al hombre de tal manera que se siente como la más pródiga de todas las criaturas, siendo sen¬cillo y humilde. Así el hombre puede conocer la felicidad interna, que sólo se da en los seres que han alcanzado la realización ética, aquellos que viven para servir al mundo, al servicio de todos, por el único privilegio de ser excelen¬te y por la satisfacción extraordinaria de sentirse y saber¬se dueños de sí mismos, seres perfectamente felices.
Articulo enviado por: Ruben Loredo Romero


